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domingo, 26 de junio de 2011

El espejo de Matsuyama 2ª parte

-¿Qué ves? -preguntó el marido, encantado del
pasmo de ella y muy ufano de mostrar que había
aprendido algo durante su ausencia.
-Veo a una linda moza, que me mira y que mueve
los labios como si hablase, y que lleva, ¡caso extraño!,
un vestido azul, exactamente como el mío.
-Tonta, es tu propia cara la que ves -le replicó el
marido, muy satisfecho de saber algo que su mujer
no sabía-. Ese redondel de metal se llama espejo.
En la ciudad, cada persona tiene uno, por más que
nosotros, aquí en el campo, no los hayamos, visto
hasta hoy.
Encantada la mujer con el presente, pasó algunos
días mirándose a cada momento, porque como
ya dije, era la primera vez que había visto un espejo,
y, por consiguiente, la imagen de su linda cara. Consideró,
con todo, que tan prodigiosa alhaja tenía sobrado
precio para usada de diario, y la guardó en su
cajita y la ocultó con cuidado entre sus más estimados
tesoros.
Pasaron años, y marido y mujer vivían aún muy
dichosos. El hechizo de su vida era la niña, que iba
creciendo y era el vivo retrato de su madre, y tan
cariñosa y buena que todos la amaban. Pensando la
madre en su propia pasajera vanidad, al verse tan bonita,
conservó escondido el espejo, recelando que
su uso pudiera engreír a la niña. Como no hablaba
nunca del espejo, el padre lo olvidó del todo. De
esta suerte se crió la muchacha tan sencilla y candorosa
como había sido su madre, ignorando su propia
hermosura, y que la reflejaba el espejo.
Pero llegó un día en que sobrevino tremendo
infortunio para esta familia hasta entonces tan dichosa.
La excelente y amorosa madre cayó enferma,
y aunque la hija la cuidó con tierno afecto y solícito
desvelo, se fue empeorando cada vez más, hasta que
no quedó esperanza, sino la muerte.
Cuando conoció ella que pronto debía abandonar
a su marido y a su hija, se puso muy triste, afligiéndose
por los que dejaba en la Tierra y sobre
todo por la niña.
La llamó, pues, y le dijo:
-Querida hija mía, ya ves que estoy muy enferma
y que pronto voy a morir y a dejaros solos a ti y
a tu amado padre. Cuando yo desaparezca, prométeme
que mirarás en el espejo, todos los días, al
despertar y al acostarte. En él me verás y conocerás
que estoy siempre velando por ti.
Dichas estas palabras, le mostró el sitio donde
estaba oculto el espejo. La niña prometió con lágri
mas lo que su madre pedía, y ésta, tranquila y resignada,
expiró a poco.
En adelante, la obediente y virtuosa niña jamás
olvidó el precepto materno, y cada mañana y cada
tarde tomaba el espejo del lugar en que estaba
oculto, y miraba en él, por largo rato e intensamente.
Allí veía la cara de su perdida madre, brillante y
sonriendo. No estaba pálida y enferma como en sus
últimos días, sino hermosa y joven. A ella confiaba
de noche sus disgustos y penas del día, y en ella, al
despertar, buscaba aliento y cariño para cumplir con
sus deberes.
De esta manera vivió la niña como vigilada por
su madre, procurando complacerla en todo como
cuando vivía, y cuidando siempre de no hacer cosa
alguna que pudiera afligirla o enojara. Su más puro
contento era mirar en el espejo y poder decir:
-Madre, hoy he sido como tú quieres que yo sea.
Advirtió el padre, al cabo, que la niña miraba,
sin falta, en el espejo cada mañana y cada noche, y
parecía que conversaba con él. Entonces le preguntó
la causa de tan extraña conducta.
La niña contestó:
-Padre: yo miro todos los días en el espejo para
ver a mi querida madre y hablar con ella.Le refirió, además,

el deseo de su madre moribunda
y que ella nunca había dejado de cumplirlo.
Enternecido por tanta sencillez y tan fiel y amorosa
obediencia, vertió lágrimas de piedad y de
afecto, y nunca tuvo corazón para descubrir a su
hija que la imagen que veía en el espejo era el trasunto
de su propia dulce figura, que el poderoso y
blando, lazo amor filial hacía cada vez más semejante
a la de su difunta madre.

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